
– ¿Quién es éste? -preguntó.
Me pasó la fotografía. En la izquierda se veía a mi madre con un bikini amarillo algo obsceno, de hacia 197z, pensé, luciendo sus curvas y apoyando el brazo en el hombro de un hombre bajito de bigote negro y sonrisa feliz.
– El rey Hussein -contesté.
– ¡Qué dices!
Asentí con la cabeza.
– ¿El de Jordania?
– Pues sí. Mis padres lo conocieron en el Fontainebleau de Miami.
– Ah.
– Y mamá le pidió que posara con ella para una foto.
– No me digas.
– Ahí tienes la prueba.
– ¿Y no llevaba guardaespaldas o algo?
– No creo que ella pareciera armada.
Sheila se echó a reír y recordé a mi madre contándome la anécdota: ella posando con el rey Hussein mientras mi padre farfullaba maldiciones porque la cámara no funcionaba y ella le fulminaba con la mirada para que disparase, y el rey aguardando pacientemente mientras el jefe de seguridad examinaba la cámara, arreglaba el fallo y se la devolvía a mi padre.
Mi madre: Sunny.
– Era encantadora -dijo Sheila.
Es un tópico muy manido decir que parte de ella murió cuando encontraron el cadáver de Julie Miller, pero sucede que los tópicos suelen ser ciertos. A partir de entonces, el ánimo chispeante de mi madre se quebró y después del asesinato no volvió a gastar bromas ni a gritar histérica. Ojalá lo hubiera hecho. Mi veleidosa madre cayó en una atonía inquietante y se volvió apagada, monótona -desapasionada sería el término más apropiado-, lo que, en una persona como ella, era para nosotros más insoportable que la payasada más intempestiva.
Sonó el timbre, miré por la ventana del dormitorio y vi la furgoneta de reparto de Eppes-Essen. Comida triste para los dolientes. Mi padre, optimista, la había encargado en exceso, iluso hasta el final.
