
– Nosotros nos tiramos por unos toboganes el año pasado -gritó Bobby excitado.
– ¿Sí? ¿Por qué no me cuentas cómo son?
Bobby y sus hermanos empezaron a hablar y Robin dejó el jersey sobre el respaldo de la silla. Jake se sumergió por completo en la imagen que tenía delante, mientras que las voces de los niños se alejaban hasta convertirse en un murmullo.
Los hombros de Robin, ligeramente bronceados, y su cuello esbelto quedaron al descubierto. Llevaba una camiseta sin mangas, cuya fina tela se ceñía perfectamente a sus pechos.
El pasado asaltó a Jake, que no pudo evitar visualizar sus senos con todo detalle. Es cierto que aquel día estaba muy oscuro, pero los había visto. Eran muy claros de piel, redondos y los pezones eran del color del coral. Y debido al agua fría, se le habían puesto duros.
Oh, sí, los había visto una vez. Y aquello era algo de lo que nadie más de Forever podía presumir.
De hecho, él tampoco había presumido nunca de ello. Ni siquiera había pensado en tal posibilidad. Bueno, excepto una vez.
Fue el día después de que sucediera. En la cena después de la ceremonia de graduación que se celebró en el gimnasio. Robin estaba allí sentada, fría y discreta, haciendo honor a su fama de Princesa de Hielo.
Se había recogido el cabello y algunos rizos le caían alrededor de la cara. Llevaba un maquillaje discreto y su vestido negro ceñido resaltaba sus senos altos y sus caderas. Era el ideal de belleza de un adolescente o, por lo menos, el ideal de Jake.
Mientras la miraba desde el otro lado del salón, deseaba que ella lo mirara a su vez y, con un simple gesto, le demostrara que le había aceptado como amigo. Que apreciaba y le agradecía su comportamiento caballeroso.
Jake estaba sentado solo, vestido con el traje usado que había sacado del armario de su padre. Se imaginaba que ella iba a aproximarse a él, le iba a hablar y le iba a dar las gracias por lo de la noche anterior, demostrando así a todos que eran amigos.
