
Así que, de acuerdo, iría a cenar con ellos. Aunque, eso sí, intentaría no sentarse frente a Robin.
No podía estar ocurriendo. Con Robin sentada justo enfrente, le iba a ser imposible hablar con el resto de la familia. De hecho, al fijarse en sus labios húmedos y ligeramente abiertos, pensó en que no podría apartar la vista de ellos. Estaba seguro de que su sonrisa iba dirigida a sus sobrinos, pero le dio exactamente igual.
Jacob había creído siempre que el instituto había sido un infierno, pero aquello era mucho peor.
– ¿Eran leones de verdad, tía Robin? -preguntó el más pequeño de los hijos de Connie.
El rostro de Robin se iluminó con una sonrisa que reveló una dentadura perfecta.
– Claro que eran de verdad, Bobby -contestó. Estaba contándole a su familia el reciente viaje que había hecho a Kenia-. Había una leona, un león y sus dos cachorros.
– ¿Tenías miedo? -añadió Bobby, inclinándose hacia delante.
– Un poco -contestó Robin.
Los ojos verdes de Robin se movieron de un modo que Jake sintió un escalofrío. Su profundidad y claridad le recordaron al río Forever.
– Pero estábamos dentro de la furgoneta, así que no corríamos peligro.
Connie se aclaró la garganta.
– ¿Nos puedes contar alguna aventura más antes de irnos a la cama, Robin? -le preguntó-. Me imagino que últimamente no habrás ido a ningún parque de atracciones.
Robin entendió el mensaje de su hermana, para que no siguiera hablando de temas demasiado excitantes que pudieran provocar pesadillas a los niños.
– Pues de hecho nunca he estado en un parque de atracciones -respondió, quitándose el jersey-. Pero siempre he tenido ganas de tirarme por un tobogán gigante en una piscina.
Su confesión hizo que Jake se la imaginara inmediatamente en bikini, lo que le hizo removerse inquieto en la silla.
