Y luego su mirada se dirigió sorprendida al enorme basset-hound que entró con él a la habitación como si tal cosa.

– ¿Despierta, por fin? -preguntó y la sonrisa se amplió más mientras se dirigía a su cama intentando no apreciar su belleza tanto como lo hacía-. Bienvenida al mundo de los vivos, señorita Westcott -dijo con ojos cálidos y chispeantes. ¿Qué tal está ese hombro?

– Parece bien -dijo ella, sin quitarle los ojos de encima a Strop-. Conque realmente había un perro -dijo-. Pensé que era parte de mi pesadilla.

– ¿Qué, Strop? -rió Mike- Strop no es una pesadilla. Está firmemente plantado en la realidad. Tanto, que si se acerca más a la tierra tendremos que ponerle ruedecitas.

– ¿Tienes un perro en el hospital?

– Es un perro de hospital. Tiene un diploma de control de esfínteres y comprensión. Pruébalo.

Strop levantó la vista hacia la cama. Sus enormes ojos tristes miraron a Tess con melancolía. Sacudió el rabo levemente con la misma cara de pena.

– Ah, ya veo -se rió Tess-. Hace que cualquier paciente se sienta mejor inmediatamente, como si ellos no fuesen los únicos que se sienten mal y es imposible que se sientan tan mal como él.

– Basta de Strop -dijo Mike, de broma-. Me quita protagonismo todo el tiempo. El brazo, señorita Westcott, ¿cómo está?

Tess lo movió para probar e hizo un gesto de dolor.

– Yo no me preocuparía por él. Está magullado, pero está bien. Debes de haber encajado el húmero inmediatamente, de lo contrario me dolería mucho más que esto.

– El húmero… -dijo Mike. La noche anterior le pareció que ella tenía conocimientos de obstetricia, y en ese momento…- ¿Eres enfermera, entonces?

– No -sonrió ella, lo cual fue como un rayo de sol-. Adivina otra vez.



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