– ¿Fisio? ¿Osteópata?

– Mejor, médico.

– ¡Médico! -se la quedó mirando.

– Las mujeres pueden serlo -dijo ella con ligera burla-. En los Estados Unidos estamos a un cincuenta por ciento. No me digas que eres de los que mantienen a la mujer sojuzgada.

– No, pero… -Mike recordó los extravagantes tacones de aguja rojos. Allí mismo estaban, colocados uno al lado del otro bajo la cama junto a Strop. ¿Médico?

– Y los médicos pueden ponerse lo que quieran -le dijo ella, siguiendo con la suya su mirada. En un instante se dio cuenta de lo que él pensaba-. No tenemos por qué llevar zapatos negros con cordones cuando nos dan el diploma, así que mejor será que se le quite esa cara de azorado, doctor Llewellyn, ahora mismo.

– No. Es verdad -inspiró profundamente y logró esbozar una sonrisa-. ¿Eres un médico en ejercicio, entonces?

– Correcto. Trabajo en urgencias en Los Ángeles.

– Entonces, tendré que hacer buena letra -dijo, recuperándose de la sorpresa-. Los médicos son los peores pacientes -trató de sonreír-. Da casi tanto miedo tratarlos como a los abogados -se sentó en la cama junto a ella, tratando de hacer caso omiso a la sensación de intimidad que sentía. ¡Cielos! Si se sentaba en las camas de todos los pacientes-. ¿De veras que tu hombro está bien?

Tessa lo movió cuidadosamente contra las almohadas y volvió a hacer una mueca de dolor.

– Me duele -admitió-. Pero está claro que ha encajado perfectamente.

– ¿Me dejas ver?

– Claro.

No había motivo para que no lo hiciera. No había motivo tampoco para que ella se ruborizase mientras él le aflojaba la bata del hospital y le examinaba la magulladura del hombro y el brazo con delicadeza.

– ¿Puedes moverlo completamente? -le preguntó mientras palpaba suavemente sin quitarle los ojos de la cara.

– Puedo, pero no quiero.

– No te culpo -sonrió él-. Dentro de un día o dos estará realmente bien. Puede que no tengas ganas de moverlo mucho, pero vivirás -declaró finalmente, tapándola con la sábana.



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