
Era un gesto que hacía todos los días de su vida profesional, pero de repente ese gesto era muy, pero que muy diferente. Íntimo. Se puso de pie y descendió la vista hasta la chica en la cama, luchando por mantener la sonrisa.
– Puede que sientas ganas de vivir después de lo que has dormido -dijo finalmente, haciendo un esfuerzo por parecer normal y desprendiéndose de las extrañas sensaciones que sentía. Su sonrisa se hizo más profunda-. Quince horas seguidas no está nada mal.
– Creo que no he dormido nada desde que me enteré de que el abuelo había desaparecido -admitió, haciendo una mueca de pena-. Y dormir quince horas ahora, cuando tendría que estar allí afuera buscando al abuelo…
– No hay necesidad de que tú lo busques, Tess. La policía y los lugareños ya se ocupan de ello, y lo están haciendo a conciencia.
– Sin embargo, yo conozco la granja. Conozco los sitios a los que le encantaba ir.
Mike suspiró. Era duro. Terriblemente difícil. Pero dar una mala noticia a la familia era algo a lo que estaba acostumbrado.
– Tess, tu abuelo tiene problemas en la válvula mitral y fibrilación atrial -dijo con delicadeza-. Hace más de cuatro días que falta. Lo que yo supongo es que… El terreno de su granja es bastante quebrado y hay muchos sitios donde un cuerpo podría estar durante meses sin que lo encontrasen. Tu abuelo tiene ochenta y tres años. Si ha salido al desierto y tenido un ataque al corazón… lo que yo supongo es que es eso exactamente lo que ha sucedido. Su camioneta está en la casa, había dejado las cabras encerradas y a Doris a punto de parir. Si se hubiera ido de viaje, se habría ocupado de buscar quien cuidase de ellos.
– Ya lo sé -dijo Tess. Elevó la vista hacia él. Toda traza de su adorable sonrisa había desaparecido. Era obvio que estaba preocupada-. Lo que no sabía era que estaba enfermo del corazón.
