
Elise alzó una ceja. Era uno de los clubes más exclusivos de Londres. Sólo admitían a socios y era casi imposible conseguir el honor de ser miembro. Para furia de Ben, habían rechazado su solicitud.
Pero Vincente Farnese, a pesar de no vivir en Londres, fue recibido con todo respeto.
– Es algo temprano -dijo, mientras bajaban la larga escalera-, así podremos cenar y charlar en paz antes de que empiece la música.
Era buen anfitrión, experto en viandas y vinos exquisitos. Elise había creído que no tenía hambre, pero tras probar los pastelitos de cangrejo cambió de opinión.
Comieron en silencio durante unos minutos. Ella empezó a relajarse. Ya no le parecía tan raro estar allí: era robar unas horas a la realidad. Al día siguiente los problemas seguirían presentes, pero por esa noche podía flotar en el aire y liberarse de ellos.
– ¿Por qué le dijiste a esa mujer que tenía el corazón de piedra? -preguntó ella-. No sabes nada de mí.
– Había que convencerla de que eras peligrosa -hizo una pausa-. Y cualquier mujer puede convertir su corazón en piedra si lo necesita. Creo que tú lo has necesitado. ¿Te fue fiel tu marido alguna vez?
– Lo dudo. Debió de empezar a tener relaciones con esa mujer poco después de nuestra boda.
– ¿Eso te sorprende?
– Nada que descubro sobre Ben me sorprende ya -encogió los hombros-. Ni siquiera su forma de morir.
– He oído rumores a ese respecto.
– ¿Te refieres a la mujer que estaba con él en la cama cuando sufrió el infarto? Desapareció y nadie sabe quién era.
– Una aventura de una noche.
– Hubo un ejército de ellas -dijo ella.
– Debe de haber sido duro para ti.
– Más que nada lo siento por él, que lo dejaran solo allí. Puede que no haya sido una buena esposa, pero me habría quedado con él si estuviera enfermo.
– ¿No fuiste una buena esposa?
– No.
