
– A ninguno -mintió ella.
– ¿Cuánto tardaste en casarte con Ben, tras tu vuelta de Roma?
– Fue casi inmediato.
– Eso resuelve el misterio. Estabas enamorada de él y dejaste tu curso de moda para casarte con él.
– Ya te he dicho que no lo amaba.
– ¿Por qué te casaste con él? -exigió Vincente con brusquedad, sin rastro de humor en la voz.
– Por su dinero, claro -replicó Elise-. Pensé que eso ya había quedado claro antes.
– No me convence. Debió haber otra razón.
– Señor Farnese, deje de interrogarme -dijo Elise con frialdad-. Mi vida privada no es asunto tuyo.
– Perdona. Sólo era por darte conversación.
– ¿En serio? Parecía una entrevista de trabajo.
– Evalúo a muchas personas para trabajo y me temo que luego se refleja en mis modales. Discúlpame.
Lo dijo con tanto encanto que ella decidió dejarlo pasar. Percibía algo extraño, pero daba igual. Después de esa noche no volvería a verlo.
– ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó.
– No estoy segura. La muerte de Ben fue súbita y he tenido tanto que hacer que aún no lo he pensado.
– Vuelve a Roma conmigo.
– ¿Para qué? Ben ya no trabajará para ti.
– Pero tienes un piso a allí.
– Una agencia puede venderlo por mí.
– ¿No podrías tomártelo como unas vacaciones? -al verla titubear, insistió-. ¿Cuándo estuviste allí, fuiste alguna vez a la Fontana de Trevi?
– Por supuesto -murmuró ella. Había estado allí con un joven alegre y risueño. Recordó la escena.
– Hay que tirar una moneda y pedir un deseo -había dicho el joven.
– ¿Qué debería desear? -había preguntado ella, sacando una moneda.
– Sólo hay uno: regresar a Roma.
– De acuerdo -había lanzado la moneda al agua y gritado al cielo-. ¡Que vuelva a venir!
– Volver para siempre -había urgido él.
