
– ¡Para siempre jamás! -había gritado ella.
– No me dejes nunca, carissima.
– Nunca en mi vida -había prometido ella.
– Ámame para siempre.
– Hasta el fin de mis días.
Un mes después, dejó Roma, y al joven, y no había regresado.
– Y lanzaste la moneda y deseaste volver a Roma ¿no? -dijo Vincente-. Pues es el momento de cumplir tu deseo. Ven conmigo a refrescar tus recuerdos.
– Las cosas cambian -negó con la cabeza-. No se puede volver al pasado.
– ¿Son recuerdos tan terribles que temes enfrentarte a ellos?
– Puede que lo sean.
– ¿Y si la verdad es mejor que tus miedos?
– Eso no ocurre nunca. ¡Nunca!
– Tal vez tengas razón -dijo él. Su voz sonó taciturna y ella alzó la cabeza y captó un destello en sus ojos. Era como si intentara ocultarle algo.
– ¿Por qué estás aquí? -preguntó, intrigada.
– He venido a un funeral.
– Pero, ¿por qué? Tienes un propósito.
– Presentar mis respetos.
– No te creo. No te va la dulzura. No estarías al frente de esa corporación si fuera así.
– Incluso en los negocios, algunos conseguimos actuar como seres civilizados -comentó Vincente.
– Pero, ¿por qué? -preguntó ella atónita-. No hay dinero en juego.
– Podría haberlo -dijo él, incauto.
– ¡Eso es una admisión! -exclamó ella, encantada.
– No lo es. Ya hemos acordado que no hago cosas por dulzura; a no ser que me convenga -añadió.
– Tú y todos los hombres. Hay una regla básica. Piensa lo peor; y nunca me equivoco.
– Podrías equivocarte con respecto a mí.
Elise se recostó en la silla y lo observó. Tenía aspecto de diablo guapo y tentador. Movió la cabeza.
– No me equivoco. ¿Qué te trajo aquí? ¿Venganza? -aventuró, sorprendiéndolo.
– ¿Qué has dicho?
– Venganza. ¿Te engañó Ben en algún trato?
– ¿Él? -Vincente soltó una carcajada-. No habría engañado a nadie. Era un idiota. ¿No lo sabías?
