– Espera a que estemos viviendo en Roma a todo lujo -se había vanagloriado-. En un piso increíble.

Así descubrió que había comprado el piso, sin consultarla, y, peor aún, había vendido su casa de Londres.

– No quiero volver a Roma -había dicho airada-. Me asombra que tú sí. ¿Crees que he olvidado…?

– No digas tonterías. Eso fue hace mucho. Es un buen trabajo, con mucha vida social. Deberías alegrarte. Podrás practicar italiano. Hablabas muy bien.

– Como has dicho, eso fue hace mucho.

– Voy a necesitarte -había atajado él-. No sé hablar el maldito idioma, no me lo pongas difícil.

– Además, has sacado nuestro dinero del país sin consultarme.

– Por si pensabas en divorciarte -había replicado él-. Sé lo que se te pasa por la cabeza.

– Puede que decida vivir por mi cuenta.

Él se había echado a reír al oírlo.

– ¿Tú? ¿Después de tantos años de buena vida. ¡Jamás! Te has ablandado.

Elise, acostumbrada a su grosería, había ignorado el comentario, aunque tal vez él tuviera razón.

Se habían trasladado al Ritz hasta el día de la partida. Pero Ben había muerto de un infarto mientras disfrutaba, en otro hotel, con una mujer que llamó a una ambulancia y desapareció antes de que llegara.

Elise se estremeció. Había oscurecido, pero percibía que el extraño seguía mirándola. Finalmente, el funeral acabó y la gente empezó a moverse.

– Espero que asistan a la recepción -repitió una y otra vez-. A Ben le habría gustado mucho.

– Espero que su invitación me incluya -dijo el hombre-. No me conoce, pero me entusiasmaba la idea de que su marido se uniera a nuestra empresa. Me llamo Vincente Farnese.

Ella reconoció el nombre de inmediato. Según Ben, era uno de los hombres más poderosos de Italia, influyente, rico, metido en política… Además, le había ofrecido una fortuna para que trabajara para él.



2 из 115