Elise no comprendía que alguien pudiera querer contratarlo, y menos aún pagarle bien. Miró a Vincente Farnese, buscando alguna pista que resolviera el misterio. No la encontró. Era un hombre de aspecto sensato, en lo mejor de la vida. Inexplicable.

– Mi esposo me habló de usted -dijo-. Ha sido muy amable viniendo al funeral. Por supuesto que será bienvenido a la recepción.

– Es muy amable -replicó él.

Elise no entendía qué hacía allí. No tenía nada que ganar ya que Ben estaba muerto. Daba igual, sólo deseaba que todo acabara. Cerró los ojos y se tambaleó, pero una fuerte mano la estabilizó.

– Ya queda poco -dijo Vincente-. No se rinda ahora.

– No iba a… -abrió los ojos y lo encontró a su lado, sujetándola.

– Lo sé -dijo él. La guió hasta el coche y le abrió la puerta él mismo. Antes de subir, Elise vio a otra persona que le había llamado la atención junto a la tumba. Una mujer de treinta y algún años, atractiva, con ropa negra, cara y llamativa.

Elise pensó que esa desconocida también la había observado de forma extraña, casi beligerante.

– ¿Quién ese esa señora? -preguntó él, sentándose a su lado.

– No lo sé. Nunca la había visto antes.

– Parece conocerla, por cómo la mira.

El Ritz no estaba muy lejos, y en la grandiosa suite que Ben había insistido en ocupar, había preparado un lujoso bufé. Elise habría preferido algo discreto, pero cierto sentido de culpabilidad la había llevado a celebrar el funeral por todo lo alto. Aunque no lloraría su muerte, al menos le daría la despedida que él habría deseado, la de un hombre rico e importante, a pesar de que sólo lo era en sus fantasías.

Cuando entró en la habitación, el espejo le confirmó que estaba perfecta en su papel de viuda elegante, con su ajustado vestido y el sombrerito negro sobre el cabello rubio, peinado con severidad. Era una experta en el arte de las apariencias, porque una vez había soñado con ser diseñadora de ropa.



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