Pero entonces Benjamín apareció con la prueba que podía enviar a su padre a la cárcel. Le telefoneó, desesperada, pero él admitió que era verdad. Al oírlo llorar, sus lágrimas se secaron. Ella sería la fuerte.

Le dijo a Angelo que todo había acabado y mantuvieron una violenta discusión. Él se marchó y no lo vio en dos días. Un día llamaron a la puerta: era Ben, que se había cansado de esperar e iba a reclamarla.

Ni siquiera entonces había adivinado él cuanto le desagradaba. Se había comportado como el héroe de una película de serie B, arrastrándola a la ventana y cubriéndola de besos, para que el mundo lo viera.

Quien lo vio fue Angelo, que volvía a suplicarle y alzó la vista a la ventana.

– Me ha elegido a mí. ¡Mira! -le gritó Ben, radiante de alegría.

Ella nunca había olvidado el grito de Angelo antes de desaparecer entre las sombras. No había vuelto a verlo. Ben la había llevado a Inglaterra esa misma noche.

Sabía que todo el mundo pensaría que abandonaba a un joven y encantador amante para disfrutar de una vida más lujosa con un hombre mayor. Le daba igual la gente, pero le rompía el corazón que Angelo la despreciara.

Se casaron poco después. En su horrible luna de miel había escrito una larga y apasionada carta a Angelo, diciéndole que siempre lo amaría y dándole el número de su móvil. Pero él no llamó.

Dos semanas después, Elise llamó a su móvil, pero no contestó él. «Angelo e morte… morte…» gimió una llorosa voz de mujer y luego colgó.

Angelo había muerto.

Elise, frenética, llamó de nuevo, pero el teléfono comunicaba, una y otra vez.

Con el celoso Ben pendiente de ella, no tuvo oportunidad de averiguar más. Angelo llevaba años muerto y ella seguía sin saber cómo había sucedido. Tras la muerte de Ben, al revisar sus pertenencias, la había horrorizado descubrir la carta que escribió tantos años antes. Él había conseguido robarla. Angelo había muerto sin leer su apasionado y contrito mensaje de amor eterno.



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