
Eso le rompió el corazón otra vez. Lo había amado con todo su corazón. Él estaba muerto y ella tenía el corazón helado.
Lo sensato habría sido ir a Roma, pero se sentía incapaz de hacerlo. Con la venta del piso rompería su último vínculo con esa bella ciudad y Angelo Caroni y Vincente Farnese se borrarían de su vida.
Decidió buscar información sobre Vincente Farnese en Internet. Farnese Internationale era un consorcio de empresas, con sucursales en varios países, pero todas con sede en Viale Dei Panoli, Roma.
Al frente de todo estaba Vincente Farnese, el accionista mayoritario, casi con poder absoluto. Era nieto de un nombre que había empezado desde cero y creado un imperio financiero gracias a su genio.
Vio fotos del Palazzo Marini; ruinoso cuando él lo compró y espléndido después de que él gastara una fortuna en restaurarlo. Era impresionantemente bello.
Pero Vincente había pagado un precio al heredar el imperio con poco más de veinte años. Desde entonces había dedicado cada momento a preservarlo y ampliarlo, sin dedicar tiempo a buscar esposa, aunque había estado vinculado con muchas bellezas.
Un clic del ratón le mostró a una colección de mujeres glamurosas, a veces solas, a veces colgadas del brazo de él. Todas parecían más interesadas en él que él en ellas. Lo acariciaban con los ojos, admirándolo.
Exasperada consigo misma, salió de la página web. Se preguntó por qué se molestaba en rastrear su vida. Apagó el ordenador.
Su trabajo, que al principio había sido agradable, empezó a cansarla. Jane, la propietaria, se comprometió con Ivor, un vago que pretendía vivir de ella. Tras conocer a Elise, adquirió la costumbre de aparecer en la tienda cuando sabía que la encontraría sola. Pronto tuvo que empezar a apartar sus manos.
