– No puedo evitarlo -se excusaba él-. Eres deslumbrante, ¿lo sabías?

– No estoy disponible.

– No me vengas con eso -sonrió con superioridad-. Algunas mujeres están disponibles incluso cuando no lo están, ya me entiendes.

Ella lo entendía bien. Ben había dicho lo mismo.

– Infernalmente sexy, pero una dama -dijo Ivor-. Eso vuelve locos a los hombres.

– ¡Fuera! -le gritó, harta de aguantarlo.

– No lo dices en serio.

– Desde luego que sí.

– Te brillan los ojos cuando te enfadas. Ven aquí. ¡Ay! -Ivor dio un salto hacia atrás, frotándose la mejilla en la que había recibido un bofetón. Ella agarró su oreja y tiró de él hasta sacarlo de la tienda.

– No vuelvas -le dijo.

– Oye, mira…

– Largo -ordenó Vincente Farnese.

Ivor lo miró y salió casi corriendo.

– Buenas tardes -la saludó Vincente.

La había pillado por sorpresa y no pudo evitar esbozar una sonrisa de placer, cosa que la irritó.

– Cada vez que te veo estás librándote de algún enemigo con una eficacia que me pone nervioso. ¿Quién era esta vez?

– El prometido de mi jefa.

– Son casi las seis -dijo él-. ¿Acabas pronto?

– Sí. Estoy cerrando la tienda.

– Entonces, vamos a tomar un café.

Ella recogió su abrigo, echó el cierre y lo condujo a una cafetería barata.

– Algo modesta para ti, me temo -le dijo-. ¿Esto es un encuentro fortuito?

– Nunca dejo nada al azar -dijo él-. Pedí tu dirección en el hotel, que la tenía para reenviarte el correo. Vengo de tu nueva dirección.

– ¡Vaya! -dijo ella, intentando imaginárselo en el modesto hotelucho-. ¿Qué te pareció?

– No me imagino qué estás haciendo ahí.

– Es cuanto puedo permitirme. No dejo de recibir facturas a nombre de Ben, y trabajo para pagarlas.



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