
– Yo me ocuparé de eso.
– ¿A qué hora saldremos?
– Tú estáte preparada.
Vincente regresó a las nueve de la mañana. En recepción, había un joven con pinta aburrida.
– Por favor, avise a la señora Carlton.
El joven alzó el teléfono y llamó a la habitación.
– Hola, Vi. ¿Está la señora Carlton? Es temprano para que se haya marchado, ¿no? Ah, pagó anoche.
– ¿Dónde está? -exigió Vincente.
– Se ha ido. Están limpiando su habitación.
– Pero, ¿dónde ha ido?
– No sé. Mi turno acaba de empezar.
Vincente comprendió que había ocurrido lo peor. Había confiado en ella y se había escapado. Se volvió hacia la puerta con expresión tormentosa.
– Ah, has llegado.
Perdido en sus pensamientos, casi no la oyó.
– ¿Dónde diablos estabas? -preguntó, agarrando su muñeca.
– ¿Disculpa?
Lo dijo tan airada que él la soltó.
– No vuelvas a hablarme así. No tengo por qué darte razones de mis actos.
– Me han dicho que pagaste anoche.
– Y así es. No quería perder tiempo esta mañana. Mi equipaje está en consigna. He salido a decirle adiós a una persona.
Él comprendió que se refería a su padre. Deseó preguntar por él, pero se controló. Podía esperar hasta que estuvieran en Italia y él pudiera hacer las cosas a su manera. Nada lo detendría. Había esperado demasiado tiempo.
– Creí que te habías ido.
– Dije que estaría aquí. ¿Por qué te comportas como si fuera el fin del mundo?
– Tengo un sentido muy estricto del tiempo -se disculpó él con una sonrisa.
– Pues no perdamos más. Vámonos.
El chófer de Vincente se ocupó de recoger el equipaje y meterlo en el coche.
– ¿Sólo dos maletas? -preguntó Vincente, de camino al aeropuerto-. Pensé que serían más.
– ¿Te refieres a mis armarios llenos de ropa elegante? Vendí casi toda.
– ¿Tan mal has estado de dinero?
– Sí, pero no fue la única razón. No quería recuerdos de mi matrimonio. Ahora es como si fuera otra persona.
