
– ¿Te gustaba vivir en ese hotelucho?
– Era tranquilo -dijo ella.
– ¿Pero no te resulta dura la pobreza?
– Tengo para pagar mi billete de avión -replicó ella a la defensiva.
– No hará falta. Iremos en mi avión privado.
En el aeropuerto les esperaba un jet con los motores en marcha. Por dentro parecía un hotel de lujo. Había cinturones de seguridad, pero los asientos eran cómodos sillones tapizados en terciopelo gris. Tras el despegue, una azafata apareció con copas de champán, y miró a Elise con curiosidad. Elise se preguntó cuántas mujeres habían sido invitadas al avión y cómo quedaba en comparación con ellas.
– Por tu nueva vida -brindó él-. Y tu libertad.
– Has dicho «libertad» de forma extraña, como si tuviera otro significado.
– Y lo tiene. La libertad es algo distinto para cada persona. Sólo tú sabes lo que significa para ti. Pero creo que Roma te ofrecerá cosas en las que nunca habías pensado -dijo él, con expresión inescrutable.
En el aeropuerto de Roma, esperaba una limusina para llevarles a la ciudad. Elise buscaba con la mirada sitios conocidos. Pasaron por Trastevere, donde Angelo y ella habían vivido tan felices. Allí él la vio en brazos de Ben, y había muerto.
– ¿Qué ocurre? -Vincente la miró preocupado.
– Nada -contestó ella.
– Has cerrado los ojos, como si sintieras dolor.
– Dolor de cabeza. Anoche no dormí -eso último era verdad.
– Pronto llegaremos al piso y podrás descansar.
Poco después, llegaron a la bonita Via Vittorio Véneto, una amplia avenida arbolada, donde los pisos de lujo costaban millones. Elise había tragado saliva al saber cuánto había pagado Ben, pero cuando vio el piso admitió que el precio era justo.
Las habitaciones eran grandes, de techos altos y enormes ventanales. Había tres dormitorios. El principal tenía una cama enorme y baño privado. Los suelos eran de mármol y los muebles antigüedades con incrustaciones de madera que formaban flores y animales. Las cortinas eran de terciopelo y satén.
