
Elise lo aferró con fuerza, deseando sentirlo en lo más profundo, controlarlo hasta que se convirtiera en un instrumento de su placer. Cuando un hombre era tan fantástico, una mujer tenía derecho a utilizarlo. A exigir hasta quedar satisfecha. Y ella nunca lo estaría, sus movimientos sutiles le proporcionaban un placer inimaginable y necesidad de más.
Cuando alcanzó el clímax, su grito fue en parte de triunfo y en parte de desolación porque se acercaba el final. Se arqueó hacia él, con los brazos en su cuello y se embistieron mutuamente hasta que ambos llegaron a la cima del placer.
Él hizo que se tumbara de nuevo, contemplando su rostro. Jadeaba y en sus ojos había una expresión salvaje. Ella percibió que estaba asombrado. Fuera lo que fuera que había esperado encontrar en su cama, no había sido lo ocurrido.
Elise cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro de satisfacción. De repente el mundo le parecía maravilloso. Cuando los abrió, él la contemplaba, apoyado sobre un codo.
– ¿Quién eres? -le preguntó él.
– No lo sé -se arqueó con deleite-. No lo sé y es maravilloso.
– Mientras sea maravilloso, esta bien.
– ¿Sabes tú quién soy?
– No. Ya no tengo ni idea.
– Ya no -repitió ella, riéndose-. Eso significa que creías tenerla pero te habías equivocado.
– Sí, me equivoqué -admitió él con voz queda.
Era de madrugada cuando Vincente bajó a la calle, subió a su coche y condujo hacía el río Tiber. Las luces del Vaticano parecían la promesa de una bendición en un mundo malvado.
Contemplando la bella escena, encontró una oscuridad interior de la que no podía librarse. Su carne parecía arder con la intensidad del deseo que habían compartido. Ella lo había satisfecho más que ninguna otra mujer, pero su mente era pura turbulencia.
– Buon giorno, signore.
