
Ensimismado, Vincente no había oído a nadie acercarse. Giró y vio a un hombre bajo, de aspecto malvado, con ojos duros y brillantes.
– ¿Lo conozco? -exigió.
– No creo -rió él-. Mucha gente que me contrata prefiere no conocerme después. Lo respeto, pero me gusta comprobar que mi trabajo ha sido satisfactorio.
– Ah, sí. Usted -dijo Vincente con desagrado-. Leo Razzini. Sí lo contraté, pero fue hace tiempo.
– Fue un trabajo largo y duro, pero lo hice bien, ¿no? Encontré a la dama y al idiota con quien estaba casada, y ayudé a atraerlo a Roma para que le ofreciera un trabajo. Una lástima que se muriera de repente. Aun así, veo que consiguió «convencerla» para que viniese aquí.
– Le aconsejo que calle y se vaya -dijo Vincente con voz dura.
– Ahora me desprecia, claro. Con el trabajo hecho y la dama en su poder, puede permitírselo. Pero al menos admita que mi trabajo fue satisfactorio.
– Si pretende chantajearme, no siga. Tengo suficientes amigos en la policía para conseguir que lo encierren durante años antes de que hable con ella.
– ¡Signore, por favor! -Razzini sonó dolido-. No practico el chantaje nunca. Muchos de mis clientes me han hecho amenazas mucho peores, y en serio.
– Entonces, ¿qué diablos quiere?
– Una palabra amable, quizá. Vivo gracias a las recomendaciones. No es un trabajo del que pueda hacer publicidad, ¿verdad? Si sabe de alguien que necesite mis servicios, mencióneme. Explique cuántos lo intentaron antes y que yo fui el único en conseguir resultados. Es lo único que pido.
– No tengo quejas de su trabajo.
– ¿Encontré a la dama correcta?
– Sí.
– Me alegro, porque no fue fácil. No me dio mucha información, pero hice cuanto pude. Como dice el refrán: «Bien está lo que bien acaba».
– ¡Cállese! -gritó Vincente-. Y si sabe lo que lo le conviene, desaparezca de mi vista para siempre.
Lo primero en lo que pensó al despertar fue en Vincente, como si siguiera con ella en la cama, poseyéndola. Abrió los ojos y descubrió que era de día y que estaba sola.
