Siguiendo la sugerencia del señor Baltoni, fue a la pequeña agencia de limpieza que había en el sótano de su edificio y les contrató a tiempo parcial para que se ocuparan del mantenimiento del enorme piso.

Ya en casa, se permitió pensar en ropa. Necesitaba más y podía permitírsela.

Vincente se pondría pronto en contacto y pasarían juntos la velada, y tal vez la noche. Sólo tenía un vestido adecuado, al día siguiente iría de compras. Lo sacó y comprobó que tendría que plancharlo.

Vincente llamó un segundo después.

– ¿Fue bien tu reunión con Baltoni?

– Muy bien, gracias.

– ¿Me darás problemas por haber interferido?

– Creo que no -rió ella.

– Bien. Quiero convencerte de que Roma es un lugar agradable. A mi regreso intentaré persuadirte.

– ¿Regreso?

– Sí, los negocios. Debo ir a Sicilia unos días. Pero antes dime, ¿va todo bien?

– Sí, todo va bien.

– Te llamaré cuando regrese, pero no antes. Sé que me consideras dominante así que te dejaré en paz hasta mi vuelta. Adiós.

– Adiós -Elise colgó lentamente.


Elise se negó a añorar a Vincente. Sería darle demasiada importancia. Tenía trabajo, registros públicos que consultar, en busca del certificado de defunción de Angelo.

Pero varios días de pesquisas no revelaron a ningún Caroni que hubiera muerto en esas fechas. Desesperada, se preguntó si lo habría soñado todo.

Decidió perfeccionar su italiano, observando la televisión durante horas y leyendo cuanto caía en sus manos. Compraba el periódico a diario y lo leía tomando café en un pequeño restaurante con jardín, cercano a su casa. Pronto estuvo en condiciones de leer publicaciones financieras sin problemas.

Tal y como le había dicho Vincente, la corporación Farnese era enorme. Fundada por su abuelo y mantenida en pie por su padre, el crecimiento real se había producido cuando Vincente tomó las riendas. Artículo tras artículo, Elise descubrió que Vincente era despiadado y un genio de los negocios.



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