Su casa, el Palazzo Marino, estaba en las afueras de Roma. Había pertenecido a unos aristócratas que ya no podían mantenerlo. Su abuelo lo compró, pero había sido Vincente quien lo restauró.

Vincente llevaba fuera una semana y había mantenido su promesa de no molestarla. Ella pensó que tal vez fuera su forma de mantenerse un paso por delante en el juego, de demostrarle que había olvidado su noche juntos. O su forma de simularlo.

Tal vez sabía que esa noche de sexo voraz no abandonaba su mente y que anhelaba su regreso. Pero ella no lo admitiría.


Elise se despertó una noche con el sonido del timbre, como si alguien estuviera apoyado en él. Se puso una bata y fue a abrir.

– Hola -dijo él.

Le hizo entrar, agarró su cabeza con ambas manos y capturó sus labios. Agresiva, introdujo la lengua en su boca y la asaltó deliciosamente. Llevaba días deseando eso y pensaba aprovecharlo al máximo.

Lo condujo al dormitorio sin soltarlo, por si pretendía escapar. Pero él la tumbó en la cama y le quitó bata y camisón mientras ella aún luchaba con sus botones. Por fin estuvieron desnudos y ella lo atrajo, abriendo las piernas para darle la bienvenida.

Gimió cuando la penetró. No hubo ternura, sino vigor y fuerza en sus embestidas. La reclamaba para sí una y otra vez. Eso era lo que ella deseaba. Gimió con cada movimiento, hasta que explotó con un sonoro grito. Pero no acabo ahí. Él se quedó sobre ella, en su interior, acariciando sus senos y sus pezones.

Era un hombre incansable que la llevaba al clímax una y otra vez, hasta que, finalmente, se tumbó de espaldas, jadeando.

Elise, con esfuerzo, se alzó para apoyar la cabeza en su pecho. No tuvo fuerzas para más. Un rato después, se taparon y se durmieron abrazados.

El sol ya había salido cuando ella se despertó. Se quedó inmóvil, rememorando la noche anterior. Cada nervio de su cuerpo estaba relajado y feliz. Miró su rostro y, sonriente de placer, pasó la mano por la sombra de barba que lo oscurecía.



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