
Garibaldi había saltado un tronco de árbol, tropezado y lanzando a Vincente al suelo, antes de caer él. Por un momento creyó que el animal caería sobre Vincente, aplastándolo. Pero él consiguió apartarse de la trayectoria del animal.
Elise galopó hacia él. Estaba tumbado boca abajo, inmóvil. Saltó de la yegua y se arrodilló a su lado.
– ¡Vincente! -gritó con frenesí.
Él emitió un gemido pero después, para alivio de ella, empezó a maldecir e intentó levantarse. Pero tuvo que rendirse; se dejó caer de espaldas.
– Estás malherido -dijo ella, preocupada-. Llamaré a una ambulancia.
– Nada de ambulancia. No quiero que nadie me vea así. ¿Dónde están los caballos?
– Allí -señaló ella. Garibaldi no había sufrido daño alguno y mordisqueaba la hierba, junto a Dora.
– Llévalos de vuelta a los establos -jadeó Vincente-, y trae el coche aquí -apenas podía moverse pero alzó una mano y la agarró antes de que se levantara-. Nada de ambulancia -repitió-. Prométeme que no se lo dirás a nadie.
– Tengo que decirle que el caballo se ha caído. Podría necesitar tratamiento.
– Él, no yo. Promételo.
– Lo prometo… de momento.
Elise corrió hacia los caballos, montó a Dora y agarró las riendas de Garibaldi. En el establo, entregó los animales, dio una breve explicación y pocos minutos después conducía el coche de vuelta. Tenía miedo de que él hubiera perdido el conocimiento.
Lo encontró sentado en una roca, a la que debía haberse arrastrado con gran dolor. Se agarraba el costado y jadeaba, pero consiguió sonreír al verla.
– ¿Qué les has dicho? -preguntó.
– Eso da igual ahora. Agárrate a mi cuello y apóyate, sólo son un par de pasos -lo ayudó a llegar al coche y a tumbarse en el asiento trasero.
– ¿Qué les has dicho? -repitió él.
– Lo suficiente para que echaran un vistazo a Garibaldi. Dije que tú sólo tenías un par de cardenales.
