– Me lo llevo todo -dijo ella.

Vincente conducía él coche cuando fue a recogerla. La había avisado de que esperara abajo.

– Perfecto -dijo al verla-. Casi no he tenido que parar. El policía de tráfico se habría enfadado.

– ¿Contigo? ¡Tonterías! No se habría atrevido.

Él no contestó, pero ella vio que sonreía.

– Me extraña que hayas encontrado el tiempo -comentó mientras salían a la campiña-. ¿No se suponía que ibas a vivir en la oficina?

– Sería mala política. El enemigo pensaría que estoy preocupado.

– Ya -asintió ella-. Seguro que hay un fotógrafo esperando en los establos, para captar tu indiferencia.

– Eso no se me había ocurrido, vaya.

– Creía que te enorgullecías de pensar en todo.

– Ahí me has pillado -dijo él-. Espero que sepas que no te sometería a un fotógrafo sin avisarte antes. Aunque no lo creas, tengo ciertos modales.

– Tienes razón. No lo creo -bromeó ella.

– No soy tan malo -soltó una carcajada-. Cambiaras de opinión al ver la yegua que he elegido para ti.

Minutos después tomaron un camino que conducía a unos establos. Un mozo sacó a una elegante yegua moteada y la presentó como Dorabella.

– Pero la llamamos Dora -apuntó-. Lo prefiere. Es muy amigable. El señor Farnese dijo que sería perfecta para usted.

Y lo era. Vincente montaría un magnífico semental llamado Garibaldi, con ojos de fuego y paso impaciente. Salieron a la vez, pero Elise pronto notó que Vincente y su caballo deseaban galopar.

– ¿Por qué no lo cansas un poco? -sugirió-. Yo os seguiré más despacio.

Partieron rápidos como el viento, y ella condujo a Dora a un repecho para observarlo. Garibaldi saltaba y galopaba con vigor equiparable al de su jinete. Los perdió de vista, pero volvió a verlos diez minutos después, a lo lejos, galopando sin descanso.

– Me alegro de haber evitado eso -le dijo a Dora, acariciando su cuello-. ¿Por qué no…? ¡Oh, no!



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