Cuando estuvo más cerca oyó unos golpes: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Apretó el paso y acabó corriendo sobre los guijarros, entre la hierba de afilados tallos que le arañaban brazos y piernas. Cayó de rodillas delante de la losa gris y soltó un alarido de dolor al descubrir lo que era: la tumba de Gerry. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Estaba intentando salir! ¡Estaba llamándola, oía su voz!


Holly despertó del sueño y oyó que alguien aporreaba su puerta. -¡Holly! ¡Holly! ¡Sé que estás ahí! ¡Déjame entrar, por favor!


Confusa y medio dormida, fue a abrir la puerta y encontró a Sharon en un estado frenético.


– ¡Por Dios! ¿Qué estabas haciendo? ¡Llevo siglos llamando a la puerta! Holly echó un vistazo al exterior, aún adormilada. Brillaba el sol y hacía un poco de frío, debía de ser por la mañana, muy pronto.

– Bueno, ¿no vas a dejarme entrar?

– Sí, claro, Sharon. Perdona. Me había quedado dormida en el sofá.

– ¡Jesús! Tienes un aspecto horrible, Hol.


Sharon escrutó su semblante antes de darle un fuerte abrazo.


– Vaya, gracias -dijo Holly, que puso los ojos en blanco y se volvió para cerrar la puerta.


Sharon no era de las que se andaban con rodeos, pero por eso la quería tanto, por su sinceridad. Aunque ése era también el motivo por el que no había ido a verla desde hacía más de un mes. No quería oír la verdad. No quería que le dijeran que tenía que seguir adelante con su vida; sólo quería… En realidad no sabía lo que quería. Era feliz sintiéndose desdichada. Le parecía lo más apropiado. -Dios, aquí falta el aire. ¿Cuánto hace que no abres una ventana? Sharon recorrió resueltamente la casa, abriendo ventanas y recogiendo tazas y platos vacíos. Los llevó a la cocina, los metió en el fregadero y se dispuso a lavarlos.


– Oh, no tienes por qué hacerlo, Sharon -protestó Holly débilmenteYa lo haré yo…

– ¿Cuándo? ¿El año que viene? No quiero que vivas miserablemente mientras el resto de nosotros finge no darse cuenta. ¿Por qué no vas arriba y te das una buena ducha? Cuando bajes, tomaremos una taza de té.



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