
Una ducha. ¿Cuándo se había siquiera lavado la cara por última vez? Sharon tenía razón, debía de presentar un aspecto lamentable con el pelo grasiento, las raíces oscuras y el batín sucio. El batín de Gerry. Aunque eso era algo que no tenía la menor intención de lavar. Quería conservarlo exactamente tal como él lo había dejado. Por desgracia, su olor estaba empezando a disiparse, dando paso al inconfundible hedor de su propia piel.
– De acuerdo, pero no hay leche -le advirtió Holly-. No he ido a… De pronto se sintió avergonzada ante lo mucho que había descuidado la casa y a sí misma.
De ningún modo iba a permitir que su amiga mirara dentro de la nevera o, de lo contrario, ésta la pondría en un serio aprieto.
– ¡Tachín'. -entonó Sharon, alzando una bolsa que Holly no había visto al recibirla-. No te preocupes, ya me he encargado de eso. Al parecer, llevas semanas sin comer.
– Gracias. Sharon. -Se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas le asomaron a los ojos. Su amiga se estaba portando demasiado bien con ella. -¡No lo hagas! ¡Hoy nada de lágrimas! Sólo buen rollo, risas y felicidad, querida amiga. Y ahora, a la ducha. ¡Deprisa!
Holly se sentía casi un ser humano cuando volvió a bajar. Se había puesto un chándal azul y llevaba su larga melena rubia (marrón en las raíces) suelta sobre los hombros. Todas las ventanas de abajo estaban abiertas de par en par y la brisa fresca le despejó la mente. Fue como desprenderse de sus malos pensamientos y temores. Rió al contemplar la posibilidad de que, a fin de cuentas, su madre tuviera razón. Cuando por fin salió del trance, Holly se quedó atónita al ver cómo estaba la casa. No podía haber pasado más de media hora, pero Sharon había ordenado y limpiado, había pasado la aspiradora y ahuecado los cojines, los suelos estaban fregados y todas las habitaciones olían a ambientador. Oyó ruidos en la cocina, donde encontró a Sharon sacando brillo a los quemadores. Los mostradores estaban relucientes, los grifos plateados y el escurridero del fregadero resplandecían.
