
– Gracias.
– Soy tu mejor amiga, Hol. Si no te ayudo yo, ¿quién va a hacerlo? -dijo Sharon, estrechándole la mano y esbozando una sonrisa alentadora.
– Supongo que debería valerme por mí misma -aventuró Holly.
– ¡Bah! -espetó Sharon, restándole importancia con un ademán-. Lo harás cuando estés preparada. No hagas caso a la gente que te diga que deberías volver a la normalidad en un par de meses. Además, llorar la pérdida que has sufrido forma parte del proceso de recuperación.
Siempre decía lo más apropiado en cada momento.
– Sí, bueno, pero, sea como fuere, llevo mucho tiempo haciéndolo. Ya he llorado todo lo que tenía que llorar --dijo Holly.
– ¡Eso es imposible! -replicó Sharon, con una mueca de disgusto-. Sólo hace dos meses que enterraste a tu marido.
– ¡Oh, basta! La gente no parará de decirme cosas por el estilo, ¿verdad? -Probablemente, pero que les jodan. Hay peores pecados en el mundo que aprender a ser feliz de nuevo.
– Supongo que tienes razón -concedió Holly. -Prométeme que comerás-ordenó Sharon. -Lo prometo.
– Gracias por venir a verme, Sharon. De verdad que he disfrutado con la charla -dijo Holly, abrazando agradecida a su amiga, que había pedido el día libre en el trabajo para hacerle compañía-. Ya me siento mucho mejor.
– Como ves, te conviene estar con gente, Hol. Los amigos y la familia podemos ayudarte. Bueno, en realidad, pensándolo dos veces, quizá tu familia no pueda-bromeó Sharon-, pero al menos el resto de nosotros sí.
– Sí, lo sé, ahora me doy cuenta. Es sólo que creía que sabría manejar la situación por mí misma, y está claro que no es así.
– Prométeme que irás a verme. O al menos que saldrás de casa de vez en cuando.
