– ¡Sharon, eres un ángel! ¡Es increíble que hayas hecho todo esto! ¡Y en tan poco rato'.

– Pero si has estado arriba más de una hora. Estaba empezando a pensar que te habías colado por el desagüe. Lo cual no sería de extrañar, teniendo en cuenta lo flaca que estás. -Miró a Holly de arriba abajo.


¿Una hora? Una vez más las ensoñaciones de Holly se habían apoderado de su mente.


– En fin, he comprado un poco de fruta y verdura, hay queso y yogures y también leche, por descontado. No sé dónde guardas la pasta y la comida envasada, de modo que las he dejado ahí encima. Ah, y he metido unos cuantos platos precocinados en el congelador. No tienes más que calentarlos en el microondas. Con todo esto puedes apañártelas una temporadita, aunque a juzgar por tu aspecto te durará al menos un año. ¿Cuánto peso has perdido?

Holly se miró el cuerpo. El chándal le hacía bolsas en el trasero y, aunque se había anudado el cordón de la cintura al máximo, le caía hasta las caderas.


Hasta entonces no se había dado cuenta de lo mucho que había adelgazado. La voz de Sharon la hizo regresar de nuevo a la realidad.


– Hay unas cuantas galletas que puedes tomar con el té. Jammy Dodgers, tus favoritas.


Aquello fue demasiado para Holly. Las Jammy Dodgers fueron la gota que colmó el vaso. Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas.


– Oh, Sharon -susurró-, muchas gracias. Has sido muy buena conmigo mientras que yo me he portado como la peor de las amigas. -Se sentó a la mesa y cogió la mano de Sharon-. No sé qué haría sin ti.


Sharon se sentó frente a ella en silencio, dejándola continuar. Eso era lo que más había horrorizado a Holly, venirse abajo delante de la gente en cualquier momento. Pero no se sentía avergonzada. Sharon se limitaba a beber sorbos de té v sostenerle la mano como si fuese lo más normal. Finalmente las lágrimas dejaron de brotar.



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