– ¡Jesús, Holly! -exclamó Leo, su peluquero, al verla-. Pero ¿has visto cómo estás? ¡Por favor, abran paso! ¡Abran paso! ¡Llevo a una mujer en estado crítico! -Le guiñó el ojo y comenzó a apartar gente de su camino. Luego le ofreció una silla y la obligó a sentarse.

– Gracias, Leo. Ahora sí que me siento atractiva -masculló Holly, procurando ocultar el rubor de su rostro.

– Pues no deberías porque estás hecha cisco. Sandra, prepárame la mezcla de costumbre; Colin, trae el papel de aluminio; Tania, necesito mi bolsita mágica, que está arriba. ¡Ah, y dile a Paul que se vaya olvidando de almorzar porque cogerá a mi clienta de las doce!


Leo fue dando órdenes a diestro y siniestro sin dejar de agitar los brazos desaforadamente, como si se dispusiera a efectuar una operación quirúrgica de urgencia. Y es que quizá fuera así.


– Oh, lo siento, Leo, no pretendía estropearte el día -se excusó Holly.

– No me vengas con ésas, encanto. De no ser así, ¿por qué habrías de presentarte aquí de repente un viernes a la hora del almuerzo sin tener una cita concertada? ¿Para contribuir a la paz mundial?

Holly se mordió el labio con aire de culpabilidad.


– En fin, te aseguro que no lo haría por nadie más que por ti, cariño. -Gracias.

– ¿Cómo lo llevas?


Leo apoyó su pequeño trasero en el mostrador de delante de Holly. Tenía cincuenta años cumplidos y, no obstante, presentaba una piel tan perfecta y, por descontado, el pelo tan bien cortado que nadie le hubiese echado más de treinta y cinco. Sus cabellos de color miel realzaban la tersura de su tez, y siempre vestía de forma impecable. Su mera presencia bastaba para que cualquier mujer se sintiera horrenda.



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