
– Fatal -admitió Holly.
– Ya. Se te nota.
– Gracias.
– Bueno, al menos para cuando salgas de aquí habrás resuelto una cosa. Yo me dedico al pelo, no al corazón.
Holly sonrió agradecida por su peculiar manera de demostrar que la entendía.
– Pero por el amor de Dios, Holly, cuando has entrado por esa puerta, ¿te has fijado en si ponía «mago» o «peluquero» en el rótulo de la entrada? Tendrías que haber visto el aspecto que traía una mujer que ha venido esta mañana. Una anciana vestida de jovencita. Le faltaba poco para cumplir los sesenta, diría yo. Y va y me pasa una revista con Jennifer Aniston en la portada. «Quiero tener este aspecto», me dice, muy resuelta.
Holly rió con la imitación. Leo gesticulaba con la cara y las manos al mismo tiempo.
– «¡Jesús!», le digo yo, «soy peluquero, no cirujano plástico. Lo único que se me ocurre para que tenga este aspecto es que recorte la foto y se la grape a la cabeza».
– ¡No! ¡Leo! ¡No le habrás dicho eso! La sorpresa dejó a Holly atónita.
– ¡Pues claro que sí! Esa mujer necesitaba que alguien le abriera los ojos. ¿Acaso no le he hecho un favor? Ha entrado pavoneándose como una adolescente. ¡Era para verla!
– ¿Y qué te ha contestado ella?
Holly lloraba de risa y se enjugó las lágrimas. Hacía meses que no reía así. -He ido pasando las páginas de la revista hasta que he dado con una foto maravillosa de Joan Collins. Le he dicho que esa imagen era ideal para ella y me ha parecido que se quedaba bastante contenta con eso.
– ¡Leo, lo más probable es que estuviera demasiado aterrada para decirte que la encontraba horrible!
– Bah, y qué más da. Amigas no me faltan.
– Pues no sé por qué será -bromeó Holly.
– No te muevas -ordenó Leo. De repente se había puesto muy serio y apretaba los labios con gesto de concentración mientras separaba el pelo de Holly preparándolo para aplicarle el tinte. Aquello bastó para que ella volviera a desternillarse.
