– Holly… -la imitó él.

– ¿No te estás olvidando de algo?

– Creo que no -contestó Gerry con picardía.

– La luz.

– Ah, sí, la luz -dijo con voz soñolienta, y soltó un falso ronquido.

– ¡Gerry!

– Anoche tuve que levantarme a apagarla, si no recuerdo mal -arguyó Gerry.

– Sí, ¡pero estabas de pie justo al lado del interruptor hace un segundo!

– Sí… hace un segundo -repitió él con voz soñolienta.

Holly suspiró. Detestaba tener que levantarse cuando ya estaba cómoda y calentita en la cama, pisar el suelo frío de madera y luego regresar a tientas y a ciegas por la habitación a oscuras. Chasqueó la lengua en señal de desaprobación.


– No puedo hacerlo siempre yo, ¿sabes, Hol? Quizás algún día yo no esté aquí y… ¿qué harás entonces?

– Pediré a mi nuevo marido que lo haga -contestó enfurruñada, tratando de apartar a patadas sus pies fríos.

– ¡Ja

– O me acordaré de hacerlo yo misma antes de acostarme -añadió Holly.


Gerry soltó un bufido.


– Dudo mucho que así sea, amor mío. Tendré que dejarte un mensaje al lado del interruptor antes de irme para que no se te olvide.


– Muy amable de tu parte, aunque preferiría que te limitaras a dejarme tu dinero -replicó Holly.

– Y una nota en la caldera de la calefacción -prosiguió Gerry. -Ja, ja.

– Y en el cartón de la leche.

– Eres muy gracioso, Gerry.

– Ah, y también en las ventanas, para que no las abras y se dispare la alarma por las mañanas.

– Oye, si crees que sin ti seré tan incompetente, ¿por qué no me dejas en tu testamento una lista de las cosas que tengo que hacer?



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