
– No es mala idea -dijo Gerry, y se echó a reír.
– Muy bien, entonces ya apago yo la maldita luz.
Holly se levantó de la cama a regañadientes, hizo una mueca al pisar el gélido suelo y apagó la luz. Tendió los brazos en la oscuridad y avanzó lentamente de regreso a la cama.
– ¿Hola? Holly, ¿te has perdido? ¿Hay alguien ahí? ¿O ahí? ¿O ahí? -vociferó Gerry a la habitación a oscuras.
– Sí, estoy… ¡Ay! -gritó Holly al golpearse un dedo del pie contra la pata de la cama-. ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Que te jodan, gilipollas! Gerry soltó una risa burlona debajo del edredón.
– Número dos de mi lista: cuidado con la pata de la cama…
– Oh, cállate, Gerry, y deja de ponerte morboso -le espetó Holly, tocándose el pie con la mano.
– ¿Quieres que te lo cure con un beso? -preguntó Gerry.
– No, ya está bien -respondió Holly con impostada tristeza-. Bastará con que los meta aquí para calentarlos…
– ¡Aaah! ¡Jesús, están helados! Holly rió de nuevo.
Así fue como surgió la broma de la lista. Era una idea simple y tonta que no tardaron en compartir con sus amigos más íntimos, Sharon y John McCarthy. Era John quien había abordado a Holly en el pasillo del colegio cuando sólo tenían catorce años para farfullar la frase famosa: «Mi colega quiere saber si saldrías con él.» Tras días de incesante debate y reuniones de urgencia con sus amigas, Holly finalmente accedió. «Oh, venga, Holly-la había apremiado Sharon-, está como un tren, y al menos no tiene la cara llena de granos como John.»
Cuánto envidiaba Holly a Sharon ahora mismo. Sharon y John se casaron el mismo año que ella y Gerry. Con veintitrés años, Holly era la benjamina del grupo; el resto tenía veinticuatro. Alguien dijo que era demasiado joven y la sermoneó insistiendo en que, a su edad, debería ver mundo y disfrutar de la vida. En vez de eso, Gerry y Holly recorrieron juntos el mundo. Tenía mucho más sentido hacerlo así, ya que cuando no estaban… juntos, Holly sentía como si a su cuerpo le faltara un órgano vital.
