
Los recuerdos se dispersaron cuando el dolor explotó atravesándole, haciendo que se doblara sobre sí mismo, mientras oleadas de debilidad le golpeaban. Se encontró sobre las manos y las rodillas, con el estómago encogido en duros nudos y sus entrañas pesadas. Un fuego le quemaba en su interior como veneno fundido. Las enfermedades no atacaban a la raza de los Cárpatos. No podía haberse contagiado con enfermedad humana. Esto era algo provocado por un enemigo.
¿Quién me ha hecho esto? Apretó los blancos dientes en una muestra de agresividad, con los incisivos y caninos afilados y letales mientras miraba con ferocidad a su alrededor. ¿Cómo había llegado esta aquí? Arrodillándose en la tierra fértil, intentó decidir qué hacer ahora.
Otro rayo de dolor cegador fustigó sus sienes, ennegreciendo los bordes de su visión. Se cubrió los ojos intentando bloquear las estrellas fugaces que venían hacia él como misiles, pero cerrar los ojos empeoró el efecto.
– Soy Manuel De la Cruz-murmuró para sí mismo, tratando de forzar a su cerebro a trabajar… a recordar… empujando las palabras a través de los dientes apretados fuertemente en una mueca-Tengo un hermano mayor y tres hermanos menores. Me llaman Manolito para molestarme, porque mis hombros son más amplios y tengo más músculos y, de esa forma, me reducen a la condición de un niño. No me abandonarían si supieran que los necesitaba.
Nunca me habrían abandonado. Nunca. No sus hermanos. Eran leales los unos a los otros… lo habían sido durante largos siglos y siempre sería así.
