Empujó a un lado el dolor intentando descubrir la verdad. ¿Por qué estaba en la selva tropical cuando debería estar en las montañas de los Cárpatos? ¿Por qué había sido abandonado por su gente? ¿Sus hermanos? Sacudió la cabeza en negación, aunque le costó muchísimo, ya que su dolor se incrementó y parecía que le estaban clavando clavos en la cabeza.

Se estremeció cuando las sombras se arrastraron acercándose, rodeándole, tomando forma. Las hojas crujieron y los arbustos se movieron, como tocados por manos invisibles. Los lagartos salieron disparados de debajo de la vegetación podrida y se alejaron corriendo como asustados.

Manolito se hizo atrás y nuevamente miró cautelosamente a su alrededor, esta vez examinando sobre y bajo tierra, desmenuzando la región concienzudamente. Había solo sombras, nada de carne y sangre que indicara que había un enemigo cerca. Tenía que controlarse y averiguar lo que estaba pasando antes de que se cerrara la trampa… y estaba seguro de que había una trampa y de que estaba a punto de quedar completamente atrapado.

En todo el tiempo que había estado cazado al vampiro, Manolito había resultado herido y envenenado en muchas ocasiones, pero había sobrevivido porque siempre usaba el cerebro. Era hábil, sagaz y muy inteligente. Ningún vampiro o mago iba a superarle, estuviera enfermo o no. Si estaba alucinando, tenía que encontrar la manera de romper el hechizo para protegerse a sí mismo.

Las sombras se movieron en su mente, oscuras y malignas. Miró a su alrededor, al nacimiento de la jungla y en vez de ver un hogar acogedor, vio las mismas sombras moviéndose… tratando de alcanzarlo… tratando de atraparlo con sus codiciosas garras. Las cosas se movían, las banshees gemían, criaturas desconocidas se reunían entre los arbustos y a lo largo del terreno.

No tenía sentido, no para uno de su especie.



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