Borja, con la navaja que le quitó a Guiem, cortaba trozos de vara. Se reía calladamente y tiraba al aire la madera verde y húmeda, con un hermoso perfume. Los trozos de la vara caían al suelo del jardín, por encima de la cabeza del Chino. Borja se llevaba una mano abierta a la oreja:

– ¿Qué dices, qué dices? No oigo bien: mírame dentro de las orejas, tengo algo que me zumba. No sé si será una abeja…

Los pómulos achatados del Chino se cubrían de un tono rosado. Delante de la abuela no. (Pero delante de la abuela Borja aparecía confiado, bueno.) Borja besaba las manos de la abuela y de su madre. Borja se persignaba, el rosario entre sus dedos dorados, como un frailecito. Eso parecía, con sus desnudos pies castaños dentro de las sandalias. Y decía:

– Misterios de Dolor…

(Borja, gran farsante. Y, sin embargo, qué limpios éramos, todavía.)

Recuerdo un viento caliente y bajo, un cielo hinchado como una infección gris, las chumberas pálidas apenas verdeantes, y la tierra toda que venía desde lo alto, desde las crestas de las montañas donde los bosques de robles y de hayas habitados por los carboneros, para abrirse en el valle, con el pueblo, y precipitándose por el declive, detrás de nuestra casa, hasta el mar. Y recuerdo la tierra cobriza del declive escalonado por los muros de contención: las piedras blanqueando como enormes dentaduras, una sobre otra, abiertas sobre el mar que allá abaja se rizaba.

De pronto cesaba el viento, y Borja, en el cuarto de estudio, conmigo y con el Chino, levantaba la cabeza y escuchaba, como si fuera a oírse algo grande y misterioso. (En el piso de arriba, en su gabinete, la abuela desgarraba con ansiosas zarpas la faja de los periódicos recién recibidos. El ávido temblor de sus dedos, con los brillantes hacia la palma de la mano. La abuela buscaba y buscaba en los periódicos huellas de la hidra roja y de sus desmanes, fotografías de nobles sacerdotes abiertos en canal.)



12 из 165