
Él se limpiaba los lentes de cristal verde, y al quitárselos aparecían sus ojos mongólicos, de párpados anchos a medio entornar. "Estoy cansado, señorito Borja… la humedad me acentúa la afonía… yo…" "¡No te calles!" Y Borja le apoyaba la mano en el pecho, como para empujarle. El Chino se quedaba mirando la mano, con los dedos abiertos, como cinco puñalillos. "Déjenme subir a dormir… Estoy muy triste, déjenme… ¿Qué saben ustedes, de estas cosas? ¿Han perdido algo, acaso? ¡Ustedes no han perdido nunca nada!". Como no entendíamos, Borja se reía. Yo pensaba: "¿He perdido? No sé: sólo sé que no he encontrado nada". Y era como si alguien o algo me hubiera traicionado, en un tiempo desconocido.) No éramos buenos con él. "Señor Preceptor, mister Chino…" Le llamábamos Prespectiva, Cuervo Prespectiva, Judas Amarillo… y cualquier nombre estúpido que nos pasara por la cabeza, bajo el enramado de los cerezos del jardín o de la higuera a donde se subía el tozudo gallo de Son Major. (¿Cómo me acuerdo ahora del gallo de Son Major? Era un viril y valiente gallo blanco, de ojos coléricos, que resplandecían al sol. Se escapaba de Son Major para ir a subirse a la higuera de nuestro jardín.)
Lauro estuvo muchos años en el Seminario, pero al fin no pudo ser cura. La abuela, que pagó sus estudios, estaba disgustada. Momentáneamente se convirtió en nuestro profesor y acompañante. A veces, mirándole, pensé si le habría pasado en el Seminario algo parecido a lo que me ocurrió en Nuestra Señora de los Ángeles.
– Cura rebotado -le decíamos. Yo imitaba en todo a Borja.
Cura rebotado, de ojos tristes y mongólicos, de barba sedosa y negra, apenas nacida. Las niñas amarillas y redondas, eran difíciles de ver tras los cristales verdes de las gafas. El Chino.
– ¡Por Dios, por Dios, delante de su señora abuela no me llamen así! Guarden la compostura, por favor, o me echará a la calle…
El Chino miraba a Borja, con los labios temblorosos sobre los dientes salidos, separados.