Así estábamos, desde hacía más de un mes, sin nada. "Cuando acabe la guerra". "La guerra será cosa de días", dijeron, pero resultaba algo rara allí en la isla. La abuela escudriñaba el mar con sus gemelos de teatro, que desempañaba con una punta de su pañuelo, y nada, nada. Un par de veces, muy altos, pasaron aviones enemigos. Sin embargo, algo había, como un gran mal, debajo de la tierra, de las piedras, de los tejados, de los cráneos. Cuando en el pueblo caía la hora de la siesta, o al resguardo de cualquier otra quietud, en esos momentos como de espera, resonaban en las callejuelas las pisadas de los hermanos Taronjí. Los Taronjí, con sus botas altas, sus guerreras a medio abotonar, rubios y pálidos, con sus redondos ojos azules, de bebés monstruosos y sus grandes narices judaicas. (Ah, los Taronjí. La isla, el pueblo, los sombríos carboneros, apenas se atrevían a mirarles un poco más arriba de los tobillos, cuando pasaban a su lado.) Los Taronjí llevaban los sospechosos a la cuneta de la carretera, junto al arranque del bosque, más allá de la plaza de los judíos. O a la vuelta del acantilado, tras rebasar Son Major.

– Borja, Borja…

Borja siguió balanceándose, mientras pudo. Luego se soltó y cayó al suelo, frotándose las muñecas y mirándonos de través bajo sus párpados anchos y dorados, como gajos de mandarina.

– Mono idiota -dijo-. Si papá viene se lo contaré todo, todo… Ya puedes rezar para que no venga, aunque tú no puedes rezar porque no crees en nada… Se lo contaré a papá y te entregará a los Taronjí… ¿Y sabes qué pasa con los monos viejos y pervertidos como tú?

El Chino se mordió los labios. Borja se acercó de nuevo a la mesa, rascándose un brazo:

– Hay calma chicha -dijo-,…¿vamos?



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