
– Ella no ha terminado su traducción… ella no – maulló Lauro el Chino, pobre preceptor de los jóvenes Borja y Matia.
(Pobre, pobre mono con sus lamentos nocturnos y su húmeda mirada de protegido de la abuela, con su atado, retorcido, empaquetado odio, arrinconado debajo de la cama, como un lío de ropa sucia. Pobre Lauro el Chino, triste preceptor sin juventud, sin ordinariez compartida, con palabras aprendidas y corazón de topo. Sus manos de labrador frustrado, con los bordes de los dedos amarillentos y las uñas comidas.) Algo me hacía presentir el secreto de Borja y el Chino, pero, aunque Borja me hablara a veces de esas cosas, no las entendía aún. (Una vez el Chino nos llevó a su cubil de la buhardilla, donde se achicharraba en las horas de la siesta, bajo las tejas que ardían al sol como un horno. Y allí se desprendió por única vez de su chaquetilla negra y aparecieron los sobacos sudorosos. Se arremangó y tenía los brazos cubiertos de pelos negros y suaves. Y se quitó la corbata y se desabrochó el cuello. Borja saltó a su camastro, que empezó a gemir como alarmado de aquel peso, y del que salía el polvo por todas las rendijas (toda la casa estaba llena de polvo). En aquel cuarto de la buhardilla se veía el amor de Antonia, su madre. Antonia estaba en las flores que había al borde de la ventana, y que el sol parecía incendiar. Eran, bien las recuerdo, de un rojo encendido, con forma de cáliz, y tenían algo violento, como el odio cerrado de Lauro. Y allí, en el espejo, sujeta al marco, había una fotografía: él y su madre con el brazo alrededor de sus hombros. Él, niño feo con el pelo en remolinos y los calcetines arrugados por debajo del hábito. Su madre subía a la buhardilla todos los días y pasaba un paño por las mil fruslerías: reproducciones de cuadros, terracotas, flores, caracolas. Si la abuela hubiera sabido que subíamos a allí, habría lanzado un alarido. El Chino nos pasó los brazos por los hombros y nos acercó al espejo. Noté en la espalda desnuda -hacía tanto calor que no nos vestíamos como la abuela mandaba hasta la hora de comer, en que nos presentábamos por primera vez ante ella- su mano que iba de arriba a abajo, igual que las ratas por la cornisa del tejado, y aunque nada dije me llené de zozobra. Lauro nos acariciaba a Borja y a mí a la vez, y dijo:
