– Dos seres así, Dios mío, como de otro mundo…

Al fin, como saliendo de un encantamiento, Borja desprendió sus manos de nosotros.

– Hace calma -repetía Borja, mirándome. Lauro el Chino decidió sonreír. Cerró el libro, del que salió una débil nube de polvo -el sol empezó a abrirse paso entre la húmeda y caliente niebla- y dijo, con falso optimismo:

– ¡Bien! Vayamos, pues…

– Tú no vienes.

Lauro el Chino sacó su pañuelo y se lo pasó por la frente, despacio. Luego se lo llevó un momento bajo la nariz y lo apretó sobre el labio superior, dándose unos débiles golpecitos. Después se secó el cuello, entre la camisa y la piel.

Borja y yo salimos al declive.

2

Salíamos siempre por la puerta de atrás Nos pegábamos al muro de la casa, hasta desaparecer del campo visual de la abuela, que nos creía dando clase. Desde la ventana de su gabinete, ella escudriñaba su fila de casitas blancas, cuadradas, donde vivían los colonos. Aquellas casitas, al atardecer, se encendían con luces amarillentas, y eran como peones de un mundo de juguete, y muñecos sus habitantes. Sentada en la mecedora o en el sillón de cuero negro con clavos dorados, la abuela enfilaba sus gemelos de raso amarillento con falsos zafiros, y jugaba a mirar. Entre los troncos oscuros de los almendros y las hojas de los olivos, se extendía el declive, hacia las rocas de la costa.

La barca de Borja se llamaba Leontina. Por unos escalones tallados en la roca se bajaba al pequeño embarcadero. Nosotros dos, solamente, íbamos allí. En la Leontina bordeábamos la costa rocosa, hasta la pequeña cala de Santa Catalina. No había otra en varios kilómetros, y la llamábamos el cementerio de las barcas, pues en ella los del Port abandonaban las suyas inservibles.



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