(Nuestro siseo debía tener un eco escalofriante arriba, en las celdillas del artesonado, como si nuestra voz fuera robada y transportada por pequeños seres de viga a viga, de escondrijo en escondrijo.) Borja y yo, echados en el suelo, fingíamos una partida de ajedrez en el desgastado tablero de marfil que fue de nuestro abuelo. A veces Borja gritaba para disimular: Au roi! (porque a la abuela y a la tía Emilia les gustaba que practicáramos nuestro detestable francés con acento isleño). Así, los dos, en la logia -que a la abuela no le gustaba pisar, y que sólo veía a través de las ventanas abiertas- hallábamos el único refugio en la desesperante casa, siempre hollada por las pisadas macizas de la abuela, que olfateaba como un lebrel nuestras huidas al pueblo, al declive, a la ensenada de Santa Catalina, al Port… Para escapar y que no oyera nuestros pasos, teníamos que descalzarnos. Pero la maldita descubría, de repente, cruzando el suelo, nuestras sombras alargadas. Con su porcina vista baja, las veía huir (como vería, tal vez, huir su turbia vida piel adentro), y se le caía el bastón y la caja de rapé (todo su pechero manchado) y aullaba:

– ¡Borja!

Borja, hipócrita, se calzaba de prisa, con la pierna doblada como una grulla (aún lo veo sonreír hacia un lado, mordiéndose una comisura, los labios encendidos como una mujerzuela; eso parecía a veces, una mujerzuela, y no un muchachote de quince años, ya con pelusa debajo de la nariz).

– Ya nos vio la bestia…

(En cuanto nos quedábamos solos, nos poníamos a ver quien hablaba peor.) Borja salía despacio, con aire inocente, cuando ella llegaba golpeando aquí y allá los muebles con su bastoncillo, pesada como una rinoceronte en el agua, jadeando, con su cólera blanca encima de la frente, y decía:

– ¿A dónde ibais… sin Lauro?

– Íbamos un rato al declive…

(Aquí estoy ahora, delante de este vaso tan verde, y el corazón pesándome. ¿Será verdad que la vida arranca de escenas como aquella? ¿Será verdad que de niños vivimos la vida entera, de un sorbo, para repetirnos después estúpidamente, ciegamente, sin sentido alguno?)



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