Borja no me tenía cariño, pero me necesitaba y prefería tenerme dentro de su aro, como tenía a Lauro. Lauro era hijo de Antonia, el ama de llaves de la abuela. Antonia tenía la misma edad que la abuela, a quien servía desde niña. Al quedarse viuda, siendo Lauro muy pequeño -la abuela la casó cuando y con quién le pareció bien -, la abuela la volvió a tomar en la casa, y al niño lo enviaron primero al Monasterio, donde cantaba en el Coro y vestía sayal, y luego al Seminario. (Lauro el Chino. Lauro el Chino. Solía decir, a veces: "Ésta es una isla vieja y malvada. Una isla de fenicios y de mercaderes, de sanguijuelas y de farsantes. Oh, avaros comerciantes. En las casas de este pueblo, en sus muros y en sus secretas paredes, en todo lugar, hay monedas de oro enterradas". Imaginé líquidos tesoros, mezclados a los resplandecientes huesos de los muertos, debajo de la tierra, en las raíces de los bosques. Revueltas entre piedras y gusanos, en los monasterios, las monedas de oro, como luminosos carbones encendidos). Y si Lauro hablaba -como solía- en la noche del declive, unidos los tres por sus misteriosas palabras, imbuidos de aquella voz baja, yo a veces cerraba los ojos. Tal vez fueron aquéllos los únicos momentos buenos que tuvimos para él. En la oscuridad erraban mariposas de luz, como diminutos barcos flotantes, iguales a aquellos que pasaban sobre la Joven Sirena y que la estremecían de nostalgia. (Barcos de seda roja y bambú, donde navegó el extraño muchacho de los ojos negros que no pudo darle un alma.) El Chino se callaba de pronto y se pasaba el pañuelo por la frente. Parecía que al hablarnos de los mercaderes lo hiciera con la única furia permitida a su cintura doblada de sirviente. Borja se impacientaba: "Sigue, Chino".



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