
– Esto calmará el dolor -le aseguró suavemente a su paciente. Eda sólo tenía diecisiete años y aquel era su primer parto. En realidad, la valeriana no haría que disminuyera el dolor, pero la tranquilizaría para que pudiera ayudar a traer al mundo a su hijo.
La muchacha se calmó cuando el sedante empezó a hacer efecto, sin embargo, su rostro todavía estaba blanco como el papel y sus ojos seguían hundidos mientras las dolorosas contracciones continuaban. Según Walter Couey, el esposo de Eda, la chica ya llevaba de parto dos días cuando cedió ante sus súplicas de que pidiera ayuda y llevó a Annie a su choza de una sola habitación. El marido se había quejado de que no había podido dormir nada con todo aquel jaleo, y Annie tuvo que controlar un fuerte impulso de abofetearlo.
El bebé venía de nalgas y el parto no iba a ser fácil. Annie rezó en silencio por que el pequeño sobreviviera, ya que, a veces, en aquel tipo de partos, el cordón quedaba enganchado y el bebé moría antes de salir. También se preguntaba si viviría lo suficiente como para llegar a celebrar su primer cumpleaños, en el caso de que consiguiera sobrevivir a ese complicado parto. Las condiciones de vida de aquella miserable choza resultaban atroces y Walter Couey era un hombre brutal y mezquino que nunca les ofrecería nada bueno a Eda y a su hijo.
Walter parecía tener más de cuarenta años y Annie sospechaba que Eda no era en realidad su esposa, sino una chica de granja analfabeta que había sido vendida para ser prácticamente su esclava y liberar así a su familia de una boca a la que alimentar. Aquel hombre no era más que un minero fracasado que ni siquiera había tenido éxito allí, en Silver Mesa, donde prácticamente todo el mundo estaba encontrando plata en forma de gruesas vetas. La minería era un trabajo duro y Walter no estaba dispuesto a trabajar duro en nada. Annie no podía permitirse a sí misma pensar que sería una bendición que el bebé muriera, pero sentía lástima por los dos, por la madre y por el niño.
