
McCay siguió los movimientos de Trahern con la mirilla del rifle, pero su presa nunca dejaba al descubierto todo su cuerpo. Rafe sólo conseguía vislumbrar un hombro, parte de una pierna y aquel sombrero tan peculiar. En ningún momento tuvo un blanco claro, así que su única posibilidad era herirlo. Aquello retrasaría a Trahern y equilibraría la balanza entre ellos.
El siguiente blanco que el cazarrecompensas le ofreció fue una pequeña porción de la pernera del pantalón. Una fría sonrisa surgió en el rostro de McCay mientras apretaba suavemente el gatillo con las manos firmes como rocas. El grito de dolor de Trahern al ser alcanzado por la bala se oyó casi al mismo tiempo que la aguda detonación del rifle, aunque ambos sonidos quedaron amortiguados por los árboles.
McCay retrocedió y montó sobre su caballo; un movimiento que le resultó más difícil de lo que había esperado. Su costado empezó a arderle de nuevo y volvió a notar cómo la sangre empapaba sus ropas. Maldita sea, se le habían abierto las heridas. Pero, ahora, Trahern también estaba herido y le costaría mucho tiempo llegar hasta su caballo; tiempo que McCay no podía permitirse malgastar. Ya se ocuparía de sus heridas más tarde.
Annis Theodora Parker, a quien desde la infancia llamaban Annie, preparó con calma un suave té de valeriana sin perder de vista en ningún momento a su paciente. Eda Couey tenía el aspecto de una campesina fuerte y capaz, la clase de mujer de la que se esperaría que diera a luz con facilidad, pero estaba teniendo problemas y empezaba a dejarse llevar por el pánico.
Sabiendo que todo iría mejor si Eda se calmaba, Annie llevó el té caliente hasta la cama y sostuvo la cabeza de la muchacha para que pudiera beber.
