
El cordón había dejado de latir, así que lo ató cerca del vientre del niño y lo cortó. Sin perder un segundo, envolvió al pequeño con una manta para protegerlo del frío y lo colocó junto al calor de su madre. Después centró su atención en la muchacha, que sólo estaba medio consciente.
– Aquí tienes a tu bebé, Eda -la animó Annie-. Es un niño y parece sano. ¡Sólo tienes que escuchar qué pulmones tiene! Los dos lo habéis hecho muy bien. Expulsarás la placenta en un minuto, y entonces te limpiaré y te pondré cómoda.
Los pálidos labios de Eda se movieron en silencio indicándole que la había oído, pero estaba demasiado exhausta como para coger al niño entre sus brazos.
La placenta salió sin problemas y Annie se sintió aliviada al comprobar que no había ninguna hemorragia fuera de lo normal, pues algo así habría matado a la muchacha, dado el frágil estado en que se encontraba. Limpió a Eda con eficiencia y ordenó un poco la humilde choza. Luego, cogió al inquieto bebé al comprobar que su madre estaba demasiado débil para mirarlo siquiera y le habló en voz baja con suavidad mientras lo mecía entre sus brazos. El pequeño se calmó y volvió su cabecita llena de pelusa hacia ella.
Con cuidado, Annie despertó a Eda y la ayudó a acunar a su hijo mientras le desabotonaba el camisón y dirigía la boquita del bebé hacia el pecho de su madre. Por un momento, pareció que el pequeño no supiera qué hacer, pero, enseguida, afloró el instinto y empezó a succionar con ansia. Asombrada, Eda dio un respingo y soltó un entrecortado grito de sorpresa.
Annie se echó hacia atrás y observó aquellos primeros momentos mágicos de descubrimiento, cuando la joven madre, a pesar del cansancio, miró maravillada a su hijo.
