
Finalmente, Annie, agotada, se puso el abrigo y cogió su bolsa.
– Pasaré mañana para ver cómo va todo.
Eda alzó la cabeza, y su cansado y pálido rostro se iluminó con una resplandeciente sonrisa.
– Gracias, doctora. Ni el bebé ni yo lo hubiéramos conseguido sin usted.
Annie le devolvió la sonrisa, pero estaba impaciente por salir y sentir el aire fresco, por mucho frío que hiciera fuera. La tarde ya casi estaba llegando a su fin y había pasado con Eda todo el día sin probar bocado. Le dolían las piernas y la espalda, y estaba exhausta Aun así, el hecho de que el parto hubiera acabado con éxito le hacía sentir una inmensa satisfacción.
La choza de los Couey estaba a las afueras de Silver Mesa y tendría que atravesar toda la ciudad para llegar a la diminuta casa de doshabitaciones que hacía las veces de consulta y hogar a un tiempo.Recibía alos pacientes en la habitación delantera y vivía en la que dabaa la parte de atrás. Mientras se abría paso con dificultad entreel fango de la única y sinuosa «calle» de Silver Mesa, respondió con amabilidad a los toscos saludos de los mineros con los que se cruzaba.A aquellas horas de la tarde, abandonaban sus explotaciones y se reunían en la ciudad para beber whisky, jugar al póquer y gastar enprostitutas el dinero que tanto les había costado ganar. Silver Mesa era una ciudad en pleno crecimiento sin ningún tipo de ley o serviciosocial, a no ser que se contara como tal a los cinco salones construidos con precarios materiales. Algunos comerciantes emprendedores habían erigido toscas edificaciones con tablones paraalmacenar sus mercancías, pero las construcciones de madera eran encasas y estaban alejadas las unas de las otras. Annie se sentía afortunada 