
Llevaba en Denver menos de un mes cuando recibió una carta de su pastor, comunicándole con pesar la noticia del fallecimiento de su padre. Parecía estar bastante sano, aunque había estado quejándose de que ya no era ningún niño y de que empezaba a notar los efectos de la edad. Un apacible domingo, justo después de haber disfrutado de una buena comida, se llevó las manos al pecho y cayó muerto. El pastor no creía que hubiera sufrido.
Annie había llorado su muerte en silencio, ya que no tenía a nadie con quien poder hablar, a nadie que pudiera comprender su dolor. Cuando se había aventurado a viajar al Oeste, sentía la presencia de su padre en Filadelfia como una tabla de salvación a la que podría asirse, mientras que ahora, era consciente de que se encontraba completamente sola. A través del correo postal, se había encargado de que se vendiera la casa y de que las posesiones personales que deseaba conservar se guardaran en casa de una tía. Nunca llegó a contarle а su padre nada sobre Silver Mesa; lo dura, sucia y vital que era, con suembarrada calle abarrotada de gente y con nuevas fortunas surgiendo cada día. A él le habría encantado trabajar allí y habría envidiadoa Annie, pues, en su consulta, la joven veía y trataba todo tipo de casos, desde heridas de bala hasta resfriados y partos.
La penumbra típica de los crepúsculos en los últimos días de invierno empezaba a inundarlo todo cuando por fin abrió la puerta de su casa.Cogió el trozo de sílex que siempre dejaba sobre una mesa colocada cerca de la entrada, lo frotó haciendo saltar chispas y prendió una fina tira de papel retorcido con el que encendió la lámpara de aceite.
