– Ahora suba a su caballo y no cometa ninguna estupidez. Haga lo que le digo y no le pasará nada.

Annie miró a su alrededor, incapaz de hacerse a la idea de que aquel desconocido pudiera secuestrarla sin más. Había sido un día muy normal hasta el momento en que la había apuntado con su revólver. Si se iba con él, ¿volvería a verla alguien con vida? Incluso si conseguía escapar, tenía serias dudas sobre su propia capacidad de sobrevivir sola en plena naturaleza, ya que había visto demasiado como para tener la ingenua confianza de que volver a Silver Mesa no sería más que un sencillo paseo a caballo. La vida en cualquier lugar lejos de la dudosa protección de una ciudad era terrible.

– Suba al maldito caballo. -El duro y violento tono con que pronunció aquellas palabras dejó patente que a Rafe se le estaba acabando la paciencia; así que Annie saltó sobre la silla a pesar delas dificultades que le presentaba su falda, consciente de que sería inútil protestar o pedirle que le permitiera ponerse una ropa más cómoda.

Siempre había apreciado la ubicación de su casa en los límites de la ciudad, un lugar cómodo, aunque íntimo y aislado de los alborotos de los mineros borrachos que disfrutaban de todo lo que los salones y los prostíbulos les ofrecían hasta bien pasadas las primeras horas de la mañana. Ahora, sin embargo, habría dado cualquier cosa por que, al menos, apareciera un minero borracho, ya que, desde allí, por mucho que gritara, seguramente nadie la escucharía.

– Apague la lámpara -le ordenó.

Annie se inclinó sobre la silla para hacerlo. La repentina ausencia de luz la asustó aun más, a pesar de que ya empezaba a asomar una fina veta de plata perteneciente a la luna nueva.



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