
– Con eso, bastará. -Rafe le arrebató la bolsa de comida y le hizo una señal con la cabeza-. Salga por la parte de atrás y lleve la lámparaconsigo.
Annie se dio cuenta de que él debía de haber inspeccionado su casa mientras la esperaba y se sintió inundada por una oleada de furia. Sólo disponía del pequeño cuarto en la parte trasera para sí misma y le molestó sobremanera aquella intrusión en su intimidad. Sin embargo, con el cañón del revólver pegado en el centro de su espalda,parecía ridículo ofenderse; así que salió por la puerta de atráscon él pegado a sus talones.
– Ensille su caballo.
– Todavía no le he dado de comer -replicó Annie. Sabía que era una protesta estúpida, pero, de alguna manera, no le parecía justo esperar que su caballo cargara con ella sin haberlo alimentado antes.
– No quiero tener que repetir mis órdenes continuamente -le advirtió Rafe. Su voz se había convertido en un susurro, haciendo que las palabras sonaran aún más amenazantes.
Ensilencio, Annie colgó la lámpara en un gancho. Un gran caballo castaño, ya ensillado, esperaba pacientemente junto a su montura.
– No pierda el tiempo.
Una vez que la joven ensilló a su caballo con sus habituales movimientos enérgicos y eficientes, Rafe señaló hacia su espalda.
– Quédese ahí, donde pueda verla bien.
Annie se mordió los labios al tiempo que se movía para obedecerle. Había pensado en esconderse tras su caballo y escabullirse mientras él montaba sobre el suyo, pero aquel desconocido ya había previsto esa posibilidad, y al hacer que se colocara en aquel lugar donde podía verla en todo momento, la había desprovisto de la protección que le ofrecía el animal.
Con los ojos y el revólver fijos en ella, Rafe guió a su montura fuera del corral, se subió a la silla y guardó la bolsa de comida en la alforja. Si Annie no lo hubiera estado observando tan detenidamente, no se habría percatado de los pequeños problemas que tenía cuando el dolor dificultaba sus movimientos.
