
No era la situación lo que la asustaba, sino su captor. Desde el momento en que esos fríos ojos se habían encontrado con los suyos, había sido muy consciente de que aquel hombre era extremadamente peligroso. Sentía que podía atacar y matar con rapidez e indiferencia. Annie había dedicado su vida a cuidar a los demás, a preservar la vida, y su captor era la antítesis directa de los principios que ella lanío valoraba. No obstante, le habían temblado las manos cuando lo tocó, no sólo a causa del miedo, sino también porque laintensa masculinidad que irradiaba la hacía sentirse débil. Recordar lo que sintió al curar sus heridas la avergonzaba. Como médico, debería haberse mantenido distante.
Una hora después, sus pies empezaron a entumecerse y parecía que sus dedos fueran a romperse si los intentaba doblar. Le dolían las piernas y la espalda, y había empezado a temblar sin cesar. Miró fijamente la oscura silueta del hombre que cabalgaba justo delante deella y se preguntó cómo podía mantenerse sobre la silla. Teniendo en cuenta la sangre que había perdido, la fiebre y la infección, debería dehaber estado en cama desde hacía bastante tiempo. Aquella increíble fortaleza la amedrentaba, pues sabía que tendría que enfrentarse a ella para poder escapar.
Él le había dicho que no le pasaría nada, pero, ¿cómo podía creerle? Estaba totalmente a su merced, y hasta el momento no le había dado ninguna razón para creer que tuviera ni un ápice de compasión. Podía violarla, matarla, hacer lo que quisiera con ella y probablemente nadie encontraría nunca su cadáver. Cada paso que daban los caballos hacía que se adentrara aún más en el peligro y disminuían las posibilidades de que pudiera volver a Silver Mesa, aunque consiguiera huir.
– Por… por favor, ¿podemos parar para pasar la noche y encender un fuego? -La joven se sorprendió a sí misma al oír su propia voz. Las palabras habían surgido de sus labios sin que ella se diera apenas cuenta.
