– No -contestó él de forma rotunda e implacable.

– Te lo ruego. -Al percatarse de que estaba suplicando, sintió que un profundo temor se instalaba en su vientre-. Tengo mucho frío.

Rafe volvió la cabeza y la miró. Annie no pudo distinguir los rasgos de su rostro bajo el ala del sombrero, pero sí el débil destello de sus ojos.

– Todavía no podemos parar.

– Entonces, ¿cuándo?

– Cuando yo lo diga.

Pero no lo dijo, no durante aquellas horas interminablemente largas y cada vez más frías. El aliento de los caballos se elevaba hacia el cielo formando nubes de vapor. El ritmo se volvió irremisiblementemás lento a medida que el camino se hacía más abrupto y Rafe sevio obligado a desenganchar varias veces las riendas del caballo de la joven para sostenerlas en la mano, haciendo avanzar al animalpegado a él en fila india. Annie intentó calcular el tiempo que llevaba sobre la silla, pero descubrió que el frío y el dolor distorsionaban cualquier percepción del mismo. Cada vez que alzaba la vista haciala luna, descubría que apenas se había movido desde la última vez que lahabía mirado.

Sus pies estaban tan fríos que cualquier movimiento de sus dedos se convertía en una tortura. Sus piernas se estremecían continuamente, ya que la prudencia la obligaba a sujetarse con ellas con fuerza alos flancos del caballo para mantenerse sobre la silla. El frío hacía quepareciera que su garganta y sus pulmones estuvieran en carne viva, y cada bocanada de aire que tomaba era como fuego para los delicados tejidos. Levantó el cuello de su abrigo e intentó bajar la cabeza para protegerse con él y que el aire que respirara fuera más cálido, pero la prenda no dejaba de abrirse y no se atrevía a soltar el pomo de la silla para mantenerla cerrada.



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