En una ciudad en expansión como Silver Mesa, nadie prestaba atención a un forastero más, sobre todo a uno que no miraba a los ojos y que no hablaba con nadie. En un principio, había tenido la intención de conseguir vendas y ácido carbólico como desinfectante, y el hecho de que quisiera hacerlo de una forma tan anónima se debía a que no deseaba que Trahern descubriera lo mal que estaba. Un enemigo podía coger cualquier mínima información y usarla a su favor. Pero la prudencia le había hecho inspeccionar toda la ciudad en busca de algún camino alternativo de escape por si se hacía necesario usarlo, y, entonces, había descubierto el cartel rudimentariamente grabado en el que ponía Dr. A. T. Parker.

Había estado vigilando durante un tiempo, considerando el peligro. El doctor no parecía estar en la consulta; unas cuantas personas habían llamado a la puerta y luego se habían alejado al ver que nadie respondía a su llamada.

Había empezado a temblar mientras vigilaba desde su escondrijo, y aquella nueva prueba de que la fiebre le estaba subiendo le había hecho decidirse, así que volvió a por su montura y la dejó junto al que debía ser el caballo del doctor. La presencia del animal le indicó que el médico no estaba muy lejos. La consulta se hallaba a más de noventa metros de la construcción más cercana y un grupo de árboles ocultaba el cobertizo donde descansaba el caballo, por lo que le pareció seguro esperar allí. Según lo que había visto, la costumbre de las gentes del lugar era llamar a la puerta en lugar de limitarse a entrar, cosa que le pareció extraña, pero que se adecuaba a la perfección a sus propósitos. Cuando entró en la consulta, descubrió que el médico vivía en la estancia que daba a la parte trasera, lo que justificaba la extraña formalidad de llamar a la puerta. Quizá el médico tuviera costumbres peculiares, aunque eso era lo que menos le importaba a Rafe.

Tanto la pequeña y ordenada consulta, como la estancia trasera, habían reforzado su impresión de que se trataba de una persona extremadamente limpia y ordenada. No había objetos personales esparcidos, a excepción de un funcional cepillo y algunos libros; la estrecha cama estaba hecha de forma pulcra, y el único plato y el único vaso



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