Rafe sonrió consciente de que sus posibilidades de salir con vida de aquello eran mínimas, independientemente de lo que hiciera, y de que, con toda probabilidad, la opción más temeraria era la que tenía más posibilidades de éxito.

Se acercó aún más a la formación rocosa tras la que estaba su caballo y esperó a que los sonidos le indicaran que el animal se había despertado. Aguardó unos pocos minutos más, se puso en pie sin hacer ruido y después se aproximó al enorme animal, que captó su olor y le dio cariñosamente unos golpes con la cabeza. McCay le acarició el aterciopelado hocico antes de coger las riendas y saltar sobre la silla haciendo el mínimo ruido posible. La sangre corría desenfrenadamente por sus venas, como siempre lo hacía en momentos así, y tuvo que apretar los dientes para evitar dar rienda suelta a la tensión soltando un grito. El caballo se estremeció bajo élpercibiendo el salvaje placer de su jinete al correr aquel riesgo, y McCay se vio obligado a apelar a su férreo autocontrol para hacer girar al animal y empezar a avanzar con lentitud, debido a que la irregularidad del terreno le impedía huir a toda velocidad. Ese era el momento más peligroso, cuando más probabilidades existían de que Trahern se despertara.

Rafe oyó de pronto el chasquido de un percutor al ser levantado y, de inmediato, se inclinó sobre el cuello del caballo al tiempo que le hacía virar bruscamente hacia la derecha. Sintió un agudo quemazón en su costado izquierdo un segundo antes de escuchar el disparo. Sin embargo, el destello del arma le había indicado la posición de Trahern, y consiguió desenfundar y disparar antes de que su perseguidor pudiera hacerlo de nuevo.

Aterrado, el enorme caballo de McCay se desbocó y cabalgó vertiginosamente hacia la espesura del bosque. Rafe pudo oír cómo maldecía el cazador de recompensas, a pesar del estruendo de los cascos de su montura.



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